Entre No-Lugares y Postales

Esta propuesta explora la tensión entre los espacios de tránsito cotidianos y los momentos cuidadosamente enmarcados del turismo, utilizando la multimedia como hilo conductor para reflexionar sobre cómo habitamos, percibimos y narramos el mundo.
En el ámbito del metaturismo como reflexión sobre el turismo desde mi propia posición de turista, vemos como la tecnología se convierte en una herramienta clave para transformar nuestras experiencias. Las postales del pasado han sido sustituidas por fotografías y videos que circulan instantáneamente en redes sociales, creando una narrativa multimedia donde el viaje no termina en el lugar visitado, sino que se prolonga en el acto de compartir. Sin embargo, esta intermediación plantea preguntas: ¿vemos para capturar o capturamos para ver? La tecnología nos invita a reinterpretar nuestro entorno, pero también puede desviar nuestra atención del aquí y el ahora, sumergiéndonos en un diálogo constante entre el deseo de inmortalizar el momento y la necesidad de vivirlo plenamente.
Fotografiamos siendo turistas porque tememos al olvido. En ese acto fugaz de levantar el teléfono o la cámara frente a un monumento o cuadro, intentamos inmortalizar lo efímero, darle peso a lo que se nos escapa entre las manos. Pero, ¿qué estamos capturando realmente? Un arco, un obelisco, un cuadro, un rincón del mundo reflejado en un cristal, pero también una ausencia: la nuestra, la de lo vivido.
La intención tras la imagen varía. A veces, buscamos la nostalgia futura; en otras, cumplir con el guion turístico, una prueba visual para decir: “Estuve ahí”. Y en esas instantáneas —a menudo repetidas por miles—también se filtran emociones más ambiguas. ¿Es humorístico el turista perdido en su propia foto? ¿Hay ternura en el grupo que se esfuerza por encuadrar un edificio a través de la pantalla, ignorando el cielo que lo rodea?
El turismo es un espejo que nos devuelve imágenes deformadas de nosotros mismos, como hacía Valle-Inclán en el espejo esperpéntico del callejón del gato: ¿vemos belleza o vacuidad? Esta es la intención al retratar a turistas capturando imágenes. Capturarme a mí misma en las diferentes maneras en las que performo un viaje a través del espejo del otro.
Por otro lado, los no-lugares —como el metro, estaciones o espacios de tránsito— se convierten en microcosmos de conexión y desconexión simultáneas. Estos lugares impersonales adquieren vida a través de los dispositivos multimedia, que ofrecen una vía para hablar, escuchar música o interactuar con el mundo digital. Aquí, lo que podría parecer un espacio de aislamiento se convierte en un espacio de oportunidad, donde la multimedia enriquece las rutinas diarias y crea pequeñas ventanas de introspección. Sin embargo, también surgen tensiones: estos dispositivos que conectan y transforman el tiempo muerto en algo significativo pueden, a su vez, distanciarnos de quienes comparten estos espacios físicos con nosotros.
En este marco, el museo aparece como un caso ambiguo. En esencia, no es un no-lugar, ya que está cargado de significado cultural e histórico, diseñado para invitar a la reflexión, la conexión y el aprendizaje. Sin embargo, ciertos aspectos contemporáneos pueden acercarlo a esta categoría. Por ejemplo, en el contexto del turismo masivo, un museo puede ser percibido como una parada más en un itinerario acelerado, donde la experiencia se reduce al consumo de imágenes y a la búsqueda de contenido para compartir en redes sociales. La tecnología, aunque valiosa para enriquecer el acceso y la interpretación, puede diluir la conexión directa con las obras o el espacio si se convierte en el foco principal. Así, el museo puede oscilar entre ser un espacio de encuentro con el arte y la historia, y un espacio de tránsito funcionalizado por las dinámicas del metaturismo y la digitalización.
Una de las formas en que la percepción de lo urbano puede transformarse es a través de la mediación de los dispositivos y los reflejos en el cristal, como sucede en una serie de fotografías que muestran la ciudad, el Sena y la calle donde se encuentra Notre-Dame. A través de un cristal, estos lugares emblemáticos se desdibujan, creando reflejos que de un bus turístico, evocan algo irreal, onírico, donde la frontera entre lo real y lo digital parece desvanecerse. Este tipo de imágenes refleja cómo la ciudad se construye, no solo a partir de su apariencia física, sino también de las interpretaciones que hacemos a través de las tecnologías, los reflejos y las imágenes que compartimos. Estos reflejos funcionan como un espejo de los no-lugares, donde la percepción se distorsiona, donde las ciudades son reconstruidas a través de la lente de la tecnología y de la experiencia mediada.
La multimedia emerge como un lenguaje transversal que conecta estas dos experiencias: las postales del turismo, los flujos urbanos de los no-lugares y la ambivalencia del museo. Este lenguaje transforma la percepción del tiempo y del espacio, multiplicando las posibilidades narrativas, pero también planteando una reflexión crítica. ¿Hasta qué punto nos acerca a los demás y hasta qué punto nos sumerge en realidades paralelas? En este juego de luces y sombras, lo digital redefine lo humano, abriendo nuevas puertas y, a veces, cerrando otras.
Entre No-Lugares y Postales invita a pensar en la tecnología no solo como herramienta, sino como un prisma que amplifica, conecta y, a veces, fragmenta nuestras formas de habitar el mundo.
















Justificación de los conceptos
En las fotografías resultantes he buscado generar una gama cromática en la que predominan los tonos verdosos, tanto en las luces como en las sombras. Esta elección tiene el objetivo de crear una atmósfera algo irreal, con un toque cinematográfico, que se convierte en un metacine o fotografía dentro del metaturismo. En este proceso, yo, como turista, capturo la imagen de otro turista que, a su vez, está tomando una foto, y este producto final es visto por un espectador con su propia mirada externa.
Para estas tomas, utilicé una cámara FujiFilm X-T10, una EVIL (mirrorless), con un objetivo de distancia focal variable entre 16 mm y 50 mm f/3.5-5.6. La cámara tiene un sensor de imagen de 23,6 mm x 15,6 mm y un factor de recorte de 1.5, lo que hace que la distancia focal efectiva sea de aproximadamente 24 mm / 75 mm en comparación con una cámara de 35 mm. Las fotografías fueron tomadas en RAW..
Para las fotos en interior utilicé sensibilidades de 3200 ISO, mientras que en las fotos exteriores variaron entre 400 ISO y 5000 ISO. Esta elección se debió a las difíciles condiciones de luz: en interiores con poca iluminación y en exteriores con cielos nublados o durante la «hora azul». Esto ocasionó algo de ruido (aberraciones de color) debido a la amplificación electrónica de la señal, aunque en algunos casos pude corregirlo mediante la edición en Lightroom. Sin embargo, al buscar un distanciamiento de la realidad utilizando una ambientación de colores cinematográficos, el grano de la imagen contribuye a situarnos en un plano de ficción, alejándonos de la imagen hiperrealista.
La velocidad de obturación varió entre 1/30 (cuando pude apoyar la cámara) y 1/180, salvo en la foto del cielo con los aviones. En situaciones de luz extrema, mantuve el ISO fijo en 3200 y la velocidad de obturación en 1/60, con la apertura del diafragma en automático, lo que garantizó que las imágenes no quedaran subexpuestas. Dado que muchas de las fotos fueron tomadas con una distancia focal corta, para capturar un mayor ángulo, la profundidad de campo no se vio tan afectada como habría ocurrido con una distancia focal larga, por lo que gran parte de la imagen aparece enfocada a pesar de utilizar una apertura de diafragma alto (entre f/4 y f/5). Este no fue el caso en las fotos tomadas en el museo, donde, debido a la rapidez de la toma, era difícil encontrar el enfoque entre el cuadro y la persona para así poder apurar la zona de enfoque, por lo que terminaba enfocando a la persona, sujeto central de la acción, y el cuadro perdía algo de foco.
No obstante, hay algunas fotografías que en la edición han sido recortadas y encuadradas.
En cuanto a la iluminación, en algunas imágenes aproveché puntos fuertes de luz provenientes de farolas o de la iluminación del propio monumento, como el puente del Sena, generando un gran contraste con los colores cálidos en la noche. Las fotos del metro tienen una temperatura de color más alta debido a la iluminación artificial del lugar, mientras que las fotos exteriores, por lo general, son más frías (exceptuando la última, que fue modificada en edición) debido a los cielos nublados y la luz difusa. En las fotos del museo, la temperatura de color es más baja y difusa, orientada desde el techo, creando sombras pronunciadas.
Como resultado, he conseguido el efecto buscado: una aproximación a lo onírico, acentuada por los ángulos amplios de la cámara con distancias focales cortas, imágenes en clave baja que crean atmósferas introspectivas, y colores verdosos aplicados en la edición. La captura de movimiento con velocidades de obturación relativamente bajas, como en las fotos “Hombre que mira París” o “Los selfish a veces no son suficientes”, refuerza esta sensación. En general, todas las fotografías transmiten una sensación de introspección, observando mundos reconocibles pero, al mismo tiempo, con elementos irreales, distorsionados por la mediación del proceso fotográfico y la ambientación digital.